Gulf Pine Catholic

4 Gulf Pine Catholic • May 8, 2026 POR EL OBISPO LOUIS F. KIHNEMAN III Obispo de Biloxi San Pablo, en su carta a los Efesios, nos ofrece una frase a la que recurro con frecuencia en la oración -- y que creo que toda la Iglesia está llamada a redescubrir: “Que los ojos de su corazón sean iluminados, para que conozcan cuál es la esperanza a la que Él los llama. Cuáles son las riquezas de su gloria en la herencia entre los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos” (Efesios 1,18-19). Que los ojos de su corazón sean iluminados. Todo comienza con el encuentro con Jesús. Comienza en una relación real y personal con Él -- Jesús que nos encuentra donde estamos. Él le dice a cada uno de nosotros: “Te amo tanto que morí en la cruz” (cf. Juan 3,16). Esa verdad ilumina el corazón. Y esa iluminación nos lleva a comprender la esperanza que pertenece a su llamado. Jesús nos invita a seguirlo, y ese llamado está arraigado en la esperanza -- la esperanza que proviene de su Resurrección (cf. Mateo 28,56). Porque Él resucitó, también a nosotros se nos promete la vida eterna con Él (cf. Romanos 6,5). Porque, en última instancia, se trata del cielo. El mundo ofrecerá muchas prioridades en competencia -- éxito, seguridad, posesiones -- pero al final, nuestras vidas están orientadas hacia el cielo. Al celebrar la Ascensión (cf. Hechos 1,9-11), nos alegramos de que Jesús ha ido delante de nosotros, abriendo el camino y ocupando su lugar a la derecha del Padre (cf. Marcos 16,19). Sin embargo, la Ascensión no es un final -- es un envío. Jesús estableció su Iglesia para evangelizar. Antes de ascender, nos confió su Gran Comisión: hacer discípulos a todas las naciones, bautizar, enseñar todo lo que Él ha mandado y confiar en que Él está con nosotros siempre (cf. Mateo 28,19-20). Esto no es opcional -- es la razón misma de la existencia de la Iglesia. Evangelizar es invitar a otros a una relación viva y personal con Dios que los transforma completamente. Esta misión es tanto personal como comunitaria. Cada uno de nosotros está llamado no solo a dar testimonio de su fe, sino también a acompañar a otros en la fe. Cada parroquia, escuela y ministerio comparte esta misma misión, y debe estar en el cenObispo Kihneman tro de todo lo que hacemos. Que los ojos de nuestros corazones sean iluminados. ¿Cuáles son las riquezas de su gloria? No son riquezas mundanas, sino los dones del cielo -- dados a nosotros por medio del Espíritu Santo (cf. Isaías 11,2-3). Sabiduría, entendimiento, conocimiento, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios -- estos dones fueron derramados sobre la Iglesia (cf. Hechos 2,1-4), transformando a personas ordinarias en testigos valientes. Cada uno de nosotros ya ha recibido estos dones (cf. 1 Corintios 12,4-7), y estamos llamados a pedir lo que más necesitamos en cada momento. La sabiduría revela el plan de Dios (cf. Isaías 55,8-9). El consejo nos guía en decisiones difíciles (cf. Salmo 32,8). La fortaleza nos da el valor para proclamar a Jesús sin temor (cf. Hechos 4,29-31). La piedad nos atrae a la oración y a la adoración (cf. Hebreos 4,12). Y al recibir estos dones, somos fortalecidos para vivir la Gran Comisión. Esto implica un cambio -- de mantenimiento a misión. Nuestras parroquias, familias, escuelas y ministerios deben convertirse en lugares donde los discípulos se formen de manera intencional. Esto comienza con escuchar, compartir nuestras propias historias de fe y caminar con otros como compañeros en el camino. Cada ministerio debe tener un objetivo claro: formar discípulos. Si no lo tiene, debemos reevaluarlo. Para hacerlo bien, necesitamos claridad de visión y un camino de crecimiento -- ayudando a las personas a avanzar en las etapas de la fe y la conversión, siempre acompañadas por otros. Los grupos pequeños son especialmente poderosos para fomentar este crecimiento. Los líderes deben formarse no solo para administrar programas, sino para formar discípulos que hagan discípulos. Las alianzas entre familias, parroquias y escuelas ayudarán a asegurar que cada persona -- niño, joven y adulto -- sea apoyada en su camino de fe. El acompañamiento es clave. Nadie camina solo. Que los ojos de nuestros corazones sean iluminados. ¿Cuál es la herencia de los santos? Es la vida eterna con Dios (cf. Juan 14,2-3), pero también la experiencia de su vida ahora (cf. Juan 10,10). Cuando creemos en Jesús -- verdaderamente creemos -- todo cambia. En el sufrimiento, en la incertidumbre, en la alegría -- Él está con nosotros (cf. Mateo 28,20; Romanos 8,35-39). En la Eucaristía, lo encontramos plenamente -- su Cuerpo y Sangre entregados por nosotros (cf. Lucas 22,19-20). En ese momento, el cielo toca la tierra. Y en el don del temor de Dios, recordamos que hemos sido creados, conocidos y amados por Dios desde el principio (cf. Salmo 139,13-14). La grandeza del poder de Dios -- manifestada al resucitar a Cristo de entre los muertos y sentarlo a su derecha (cf. Efesios 1,19-20) -- es el mismo poder que actúa en nosotros. Esto es lo que pedimos en oración: que el amor de Dios sea derramado sobre nosotros, que el Espíritu Santo nos llene y que su gracia nos transforme -- para que podamos conocerlo, amarlo, servirlo y dar testimonio de Él. Y así como somos iluminados, también somos enviados. Mi oración es que nosotros, como Iglesia, escuchemos y respondamos a las palabras de Jesús: hacer discípulos, bautizar, enseñar y confiar en que Él está con nosotros siempre, hasta el fin del mundo Mientras celebramos la Ascensión de Jesús al Cielo, que los ojos de nuestros corazones sean iluminados por Él

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